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El año muere, la esperanza sigue, por Armando Martini Pietri

  El año muere, la esperanza sigue, por Armando Martini Pietri
Por Armando Martini Pietri / VenezuelaBandera

Se nos va otro año, nada nuevo, es ley de vida. La diferencia consiste que este 2017 se adentra en el pasado con cara avergonzada por la multiplicación de fracasos y la frustración por todo lo que se pudo hacer bien, pero se hizo insistentemente mal.

No es un año para olvidar, al contrario. Ha sido un período para sostener en la memoria, analizar en detalle, fueron tantos los errores y decepciones como las oportunidades. La maravillosa demostración ciudadana del 16J, nunca podrá ser desconocida de la memoria colectiva, así como la burla de que fuimos objeto. No debemos olvidarlo, hemos de estudiarlo para aprender, mantener viva la conciencia de que las faltas se cometen, pero que son motivos para hacer correcciones fundamentales. Suponiendo que haya quienes tengan la inteligencia y honestidad para decidir y ejecutar correcciones.

De perversas dictaduras militares, miles de presos, torturados, exiliados por razones políticas y calles preñadas de miedo, los venezolanos aprendimos hace casi sesenta años el valor de la democracia, y ese aprendizaje nos ayudó a ir sacando adelante una nación y un pueblo consciente de sus derechos -aunque un poco menos, justo es reconocerlo, de sus deberes-, madrugador, trabajador, alegre, optimista y dinamizador de esperanzas. Somos un pueblo aguerrido, gallardo y voluntarioso no somos tontos ni estúpidos como algunos ingratos cavilan.

El petróleo estaba allí, siempre estuvo, pero el desarrollo petrolero, la riqueza y bienestar que generó no son productos naturales, sino resultado del esfuerzo, permanente capacitación y firme sentido de responsabilidad. Expertos estadounidenses y europeos nos enseñaron durante las primeras décadas los detalles y exigencias del mundo petrolero, pero los ejecutantes fueron venezolanos de pura cepa, llegados de todos los rincones de aquel país que luchaba por quitarse de encima los letargos tiránicos. Quienes, tras aprender, desarrollaron la amplia y admirable estructura extractora, procesadora y comercializadora.

Con defectos, tropezones, circunstancias en contra, extremismo castro-comunista y militarismo arcaico, los venezolanos supimos llevar adelante e ir fortificando cada vez más a un país que se integró con personalidad propia al concierto mundial de naciones. Somos un pueblo despabilado, esforzado, señalado a veces, pero no culpable de perezas, imaginativo y audaz, que mostró muchos ejemplos de eficaz emprendimiento. Nunca fuimos los venezolanos un pueblo desechable. Ingenuo, quizás, pero nunca tonto. Siempre generoso, que supo abrir las puertas a quienes necesitaron esperanza, les dimos acogida y nunca pedimos pagos a cambio.

Hasta que nuestros dirigentes empezaron a errar, meter la pata, creer que los méritos eran suyos y que habían ganado el derecho divino de gobernar a nacidos para seguir sus instrucciones. Esas equivocaciones dejaron el campo libre para quienes creyeron lo mismo, que tenían soluciones en las manos, pero a través de filtros diferentes que ellos, en su ignorancia, se creyeron novedosos cuando en realidad tenían tiempos de fracasos, crueldad, tiranía e injusticia en países de Europa y Asia, anclados en una isla caribeña llena de historia azarosa y discutible, pero también exitosa, los cubanos fueron siempre un pueblo de emprendedores hasta que el castrocomunismo los convirtió en derrotados esclavizados.

La pifia de dirigentes democráticos, políticos y empresarios, convencidos de que eran dueños del país nos trajeron a otros venezolanos que estaban seguros de lo mismo, pero a favor suyo, y que, además, eran lo suficiente indoctas como para dejarse seducir por una tiranía que hablaba mucho, manejaba la propaganda y llevaba explotando a un pueblo encadenado, oprimido, encerrado en su isla otrora próspera, ya en los 60s llevada a la miseria y convertida en una cárcel inhumana, atroz y cruel.

Ésa es la historia, la verdad, nos guste o no, y todos, unos más y otros menos, tenemos nuestra cuota de responsabilidad. Entre expropiaciones, captación de individuos por su lealtad y no capacitación, discursos interminables y una avalancha de dólares petroleros, Chávez despilfarró décadas de crecimiento y puso las bases del andamio político, militar y policial controlador. Maduro, menos preparado, trata de seguir ese nefasto proceso, pero con menos dólares y talento, confundiendo disciplina militar con eficiencia -sobradamente demostrado en Venezuela que es una peligrosa falsedad-, y aplausos interesados con popularidad programada y artificiosa. El inteligente es consciente de lo poco que conoce y actúa con prudencia.

Así hemos llegado a estas navidades y final de año que muy poco tienen de alegría y tranquilidad, con políticos y politiqueros arrogantes de diversas prosapias, ciegos obsesivos conversando sandeces y estulticias en negociaciones que mancillan la dignidad y gentilicio. Mordiéndose unos a otros, entre celadas y engañifas, cada uno tratando de convencer a los venezolanos de lo que esos mismos venezolanos no creen ya: que lo hacen bien y en beneficio ciudadano, de ese concepto falsario que es “pueblo”, una abstracción que nada precisa, que pueden ser todos o ninguno. Y que en manos políticas no es más que un pretexto. Imponiendo un comunismo que ha fracasado, y para colmo, mediante una constituyente inconstitucional.

Aunque la esperanza, disminuida y malmirada, siempre sigue allí.

@ArmandoMartini