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La ciudadanía: un tema de nuestro tiempo


La ciudadanía: un tema de nuestro tiempo


En uno de sus escritos, el filósofo hispano Fernando Savater plantea que “los humanos no estamos condenados a la sociedad sino destinados a vivir entre semejantes”.

Esto conlleva a ver al otro desde una perspectiva de reconocimiento por encima de las humanas y naturales diferencias. En tal sentido, el tema de la ciudadanía cobra vigencia dentro de la concepción de la democracia y de la sociedad democrática. Pero ello no surge de la nada sino es producto de un proceso de educación y aprendizaje cotidiano que se funda en los valores de la convivencia y la tolerancia. Ese proceso no se impone por la fuerza sino por las vías de los acuerdos y consensos. La existencia y presencia de la ciudadanía en un sistema marcado por el autoritarismo o el totalitarismo es un contrasentido desde todo punto de vista.

Capitular Los totalitarios y autoritarios no oyen ni menos escuchan porque están ensordecidos por sus propias consignas y su discurso violento y altisonante.

 El autor Norbert Bilbeny, profesor de la Universidad de Barcelona, España, muy acertadamente dice: “La educación democrática enseña a escuchar. Oír es difícil en nuestra sociedad del ruido. Escuchar lo es más todavía”.

Los totalitarios y autoritarios no oyen ni menos escuchan porque están ensordecidos por sus propias consignas y su discurso violento y altisonante. Los demócratas deben aprender a oír y a escuchar. Como bien lo dice Albert Camus: “El demócrata es aquel que admite que un adversario puede tener  razón, y por tanto lo deja expresar y reflexionar sobre sus argumentos”.

Al respecto el proceso de formación de un ciudadano responsable, crítico y tolerante se basa y se sostiene en un marco de valores de primer orden. Sobre el particular Savater agrega lo que sigue: “¿Qué es lo que queremos formar como valores fundamentales de ciudadanía? En primer lugar, hay que formar la capacidad de autonomía. Hay que crear personas capaces de iniciativas propias, de responsabilizarse de lo que hacen. En segundo lugar, formar personas capaces de cooperar con los demás y, además de cooperación y autonomía, hace falta la vocación de participar en la vida pública”.


En ese orden de ideas, un Estado democrático debe propiciar procesos de educación para la libertad y la democracia que faciliten el crecimiento de la ciudadanía. Valga citar una referencia tomada del pensamiento filosófico de Baruch Spinoza: “De los fundamentos del Estado se deduce que su fin último no es dominar a los hombres ni acallarlos por miedo o sujetándolos al derecho de otros, sino por el contrario libertar del miedo a cada uno para que, en tanto sea posible, vivan con seguridad”. A continuación sostiene: “No es el fin del Estado convertir a los seres humanos en bestias o en autómatas, por el contrario que su espíritu y su cuerpo se desenvuelvan en todas sus funciones y hagan libre uso de la razón”.

Por su parte, la filósofa Adela Cortina, académica de la Universidad de Valencia, España, tercia sobre este asunto y explica: “En principio entiendo como ciudadano, varón o mujer, aquel que es su propio señor o señora, el que no es súbdito, el que no es siervo, el que no es esclavo. El ciudadano es aquel que hace su propia vida, que no se la hacen, que escribe su propia novela, que no se la escriben, el que es autónomo, el que no es heterónomo. Para Cortina, existen algunos elementos que construyen el perfil del ciudadano: “Lo peculiar del concepto de ciudadanía es que el ciudadano lo es con sus conciudadanos, con los que son iguales en tanto que conciudadanos de la comunidad política”.

A partir de esa conceptualización se remonta a la democracia griega: “Cuando recordamos la idea del polites griego que describe Aristóteles en el célebre libro I de la Política, el filósofo afirma que el hombre es un animal social porque tiene lógos, es decir, razón o palabra. Centrándose en ese aspecto manifiesta: ‘El lógos, su logos, es el que permite que los ciudadanos de la comunidad política ateniense deliberar conjuntamente sobre lo justo y lo injusto. Esa es la casa y es la ciudad. La comunidad política es el lugar en que los ciudadanos deliberan conjuntamente”.

barra ama85VERTICAL ComillasAMARILLASUna política sin principios ni valores es la base de toda corrupción. La historia lo demuestra con miles de ejemplos y casos”.  
La sociedad contemporánea difiere en mucho de la antigua sociedad ateniense, es cierto, pero los principios sobre ciudadanía y democracia que son su herencia, por los que hoy millones de personas luchan y defienden ante las amenazas de populismos autoritarios y nacionalismos destructores, hacen cada día más actual y vigente el tema. Por eso bien expresa Savater: “Muchas veces se dice que la política es algo abominable que está en manos de personas corruptas. Es el mundo del partidismo, en el sentido más bajo de la expresión. Se olvida que en las democracias políticos somos todos los ciudadanos”.

Recordemos, como lo exponíamos en otro artículo, que una cosa es la política con toda su dimensión humana y otra es la degeneración de la misma o politiquería, que la deshumaniza y la convierte en una vulgar mercancía. Por eso una cosa es ser político, y otra  mercader o traficante de la política. Una política sin principios ni valores es la base de toda corrupción. La historia lo demuestra con miles de ejemplos y casos.

Combatir a esa falsificación de la política y a sus hacedores no puede ser ejerciendo la indiferencia, la apatía o la neutralidad que se concretan en la antipolítica, extremo igualmente peligroso. Para cerrar, veamos que dice este filósofo: “Mutilarnos de nuestra posible actividad política innovadora es renunciar a una de las fuentes de sentido de la existencia humana. Vivir entre seres libres, no meramente resignados, ni ciegamente desesperados, es un enriquecimiento subjetivo y objetivo de nuestra condición”.


dmarquezcastro@yahoo.com  
Fuente: Correodelcaroni.com