Tú no existes, por Gonzalo Himiob Santomé - Venezuela..Libre

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Tú no existes, por Gonzalo Himiob Santomé


Tú no existes, por Gonzalo Himiob Santomé

RUNRUNES: Por Felipe González

Rodará la cédula, como decimos por acá, pero en estas últimas semanas, con toda esta tragedia del “Carnet de la Patria”, no he podido dejar de recordar un evento de mi adolescencia. Estaban ya terminando los ochentas del siglo pasado, cuando una tarde cualquiera, en una de esas paradas de la cooperativa de por puestos “Casalta-Chacaíto-El Cafetal”, a los que allí estábamos esperando la buseta nos cayeron los “tombos” (también les llamábamos “los pacos”) con una frase que, en aquel momento, era una de las más temidas por los que estábamos cercanos a los 18 años: “¡Cédula en mano y contra la pared!”.

Sí, antes también le temíamos a los policías, a los militares y, en general, a los uniformes. No eran, por supuesto, los verdes ni los azules iguales a los de ahora, imponían miedo, es verdad, y no todos eran modelo de virtudes (antes también algunos te pedían, para dejarte en paz, “pa´l fresco”) pero también imponían respeto, al punto de que, lo recuerdo, cuando en una familia, y no necesariamente de las más humildes, alguno de los vástagos decidía al terminar su bachillerato meterse a militar o a policía, esto se aceptaba hasta con alegría, y a los que elegían esos caminos no les veías, como ahora, renegando avergonzados de sus insignias y uniformes, sino luciéndolos con orgullo. Algunos de mis compañeros de clase, al graduarse, eligieron para ellos la carrera militar, en la armada para más señas, y no puedo dejar de reconocer que a los demás nos daba un poco de envidia ver cómo, cuando les permitían asistir a alguna de nuestras fiestas juveniles, las muchachas, bajo la complacida mirada de sus padres, no podían quitarles los ojos de encima, ni a ellos ni a sus entonces elegantes y sobrios uniformes.

En fin, no nos desviemos. Aquel día, apenas escuchada la orden policial, todos los que estábamos allí, hombres y mujeres, corrimos a cumplirla. Buscamos la primera pared a nuestra disposición y, levantando los brazos, nos apoyamos contra ella, en silencio y sin mirar a los lados. Empezó entonces la requisa. A las damas las dejaron ir a los pocos minutos, luego de revisar sus documentos y de hacerles un par de preguntas de rutina, pero a unos cuatro o cinco muchachos que también habíamos caído nos dejaron para el final. Por supuesto, estábamos todos muy nerviosos. Recordemos que eran los tiempos de la “recluta” y, si ya habías cumplido los 18 y no te habías inscrito en el Registro Militar, o si no te habías excusado de prestar el servicio, podían llevarte a “Conejo Blanco” o a otro fortín para obligarte a servir en las fuerzas armadas. Si tenías suerte y, por ejemplo, estabas por entrar a estudiar en una universidad, lo más que te hacían era llevarte un par de días a algún cuartel en el que, además de cortarte el cabello al rape, te insistían con muy, pero muy, moderada “amabilidad” en que debías cumplir tu deber patrio como militar. Si no la tenías, terminabas como recluta, no recuerdo ahora por cuanto tiempo, aprendiendo, con harta rudeza, las artes militares. Por ese lado, yo estaba cubierto, pues no tenía más que 16 o 17 años. Era un “menor de edad” y, mientras lo fuera, no podían reclutarme. Pero el destino me tenía preparada una mala sorpresa.

Cuando llegó mi turno en la requisa, los policías me exigieron la cédula de identidad. Presto me llevé la mano a mi bolsillo, a buscar mi “cartera de surf” (los que sepan de qué hablo son mis contemporáneos) pero, para mi mala suerte, la había dejado en casa, con mi cédula en ella. No me había dado cuenta antes porque en esos días, no como ahora, el por puesto lo podías pagar con unas pocas monedas, y estas sí tintineaban, junto a mis llaves, en mi bolsillo delantero.

Ahí empezó el calvario…

“Eres un indocumentado”, me dijo el funcionario. Le respondí que no, que solo había tenido la mala suerte de dejar mi cartera con mi cédula en ella “¿Y cómo sé yo que tú tienes cédula?”, continuó, a lo cual respondí diciéndole el número y mis datos completos y pidiéndole que, si podía, lo verificara. “Yo no puedo hacer eso”, replicó, y no supe qué decirle, por lo que aprovechando mi silencio me soltó esta perla: “Si no tienes cédula, tú no existes”.

Pónganse ustedes en el lugar de un muchacho, casi ya un adulto, que había leído ya una buena cuota de libros y que, además, ya empezaba a mostrar, a veces imprudentemente, su contenciosa vocación de abogado ¿Cómo explicarle al funcionario la obviedad de que mi existencia la corroboraba el simple hecho de que él estuviera allí hablando conmigo? ¿De dónde sale eso de que un ser humano solo existe si tiene en su poder un pedazo de papel plastificado? Incluso, con larga ingenuidad, llegué a fantasear con que, al mejor estilo de Perry Mason, le exigía al uniformado que me dijera qué ley, reglamento o decreto, sustentaba su oprobiosa afirmación, y que respetara mis derechos, venciéndolo al instante. Y estuve a punto de hacerlo, pero la obtusa, neutra e impenetrable mirada del agente me detuvo de inmediato. En esa madera no había clavo que entrara. Alzado y respondón quizás, pero bobo no. Guardé silencio, me resigné, y me puse a pensar en cómo lograría comunicarme con mis padres para ver qué podrían hacer ellos por mí.

“Te vienes conmigo”, la cortante frase dejaba claro que ya no había nada más que decir. Pero la providencia, una vez más, intervino. Las alas de mi ángel de la guarda ya deben estar maltrechas, así lo pensaba mi madre, dada mi tendencia de niño y adolescente a buscar lo que no se me ha perdido, pero en aquella oportunidad también se apiadó de mí. Ya estaban montándome en la “jaula” cuando una llamada radial en esos códigos indescifrables que usan los policías les requirió a mis captores que corrieran a otro lugar a servir de apoyo a yo no sé qué operativo, evidentemente más grave y apremiante que lidiar un par de muchachitos sin cédula. A los que nos habían agarrado sin el documento, nos bajaron de la “jaula” a empujones y allí nos quedamos, entre asustados y aliviados, esperando el próximo por puesto para llegar a casa.

Pero la frase del oficial se quedó conmigo: “Si no tienes cédula, tú no existes”.

Muchos años han pasado de aquel suceso. Recuerdo que ya estudiando derecho y luego en mis especializaciones, me dediqué un poco a indagar sobre la naturaleza jurídica de la cédula de identidad como documento y sobre lo que se le podía exigir de un ciudadano en relación a ella. De todo lo que leí, recuerdo que me quedó la inquietud de escribir una monografía, la que sería después mi primer trabajo jurídico publicado (bajo el pomposo título de “Particularidades Probatorias Relativas a la Identificación Personal en Materia Penal”, 1996). En esta, una de las conclusiones a las que llegué, de la mano por cierto de algunos autores nacionales que, a la sazón, luego acompañaron y aplaudieron a Chávez y a su “revolución”, fue la de que a nadie le estaba autorizado, mucho menos a los cuerpos militares o de seguridad, eso de subordinar la existencia de un ser humano, su más esencial humanidad, o cualquiera de sus derechos, a la simple posesión de un papel plastificado.

Tanto nadar, como dice el refrán, para terminar muriendo en la misma orilla. Tanto hablar de las barbaridades y abusos de “la cuarta” para terminar haciendo hoy, con el “Carnet de la Patria” exactamente lo mismo, y hasta peor. No hay peor hipocresía, ni peor crueldad, que la de llamarse “humanista” y luego negarle a un ser humano, sobre todo si está en especial condición de vulnerabilidad, su dignidad esencial o sus derechos porque no tiene encima un pedazo de plástico con su nombre en la mano. Yo me imagino en esos empleados de los bancos, o en la de esos funcionarios públicos que hoy, por no tener el bendito “Carnet de la Patria”, les niegan a los abuelos sus pensiones, a los padres y madres los alimentos para sus hijos, o a los enfermos las medicinas que necesitan para sobrevivir, la misma mirada obtusa, neutra e impenetrable de aquel policía que, porque yo no tenía conmigo mi cédula de identidad, hace ya más de tres décadas, había decidido que yo, “no existía”. Aquel, ayer, y estos, hoy, pese a la cháchara y la verborrea, pese a las excusas, los discursos, el tiempo y la distancia son, como decimos en mi pueblo, la misma miasma.