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El mesianismo y la gente: otra lectura


El mesianismo y la gente: otra lectura


El mesianismo que primero viene a la mente del venezolano es más bien el del líder populista que despierta pasiones, frivoliza los problemas y sus soluciones, distorsiona la realidad y promete cosas de factibilidad dudosa.  La gente lo ve como mesías porque suele hablar como un salvador pero más nada.

A Darly

La reserva que existe con la palabra salvador o, en política, con el mesianismo, además de prevenir falsas esperanzas, es para evitar algo aún peor, que la gente vaya a acostarse o a jugar cartas mientras espera a que venga  alguien a resolverle los problemas.

Efectivamente, es conveniente siempre  manejarse así con esos términos. Sin embargo, no está demás revisar qué dice la tradición judeocristiana sobre los profetas, porque de allí salieron muchas advertencias sobre los farsantes de verbo grandilocuente.

Lo primero es  reconocer que en la vida corriente de la gente, los salvadores han existido. Una persona salvadora puede ser anónima, tanto, que ellos podrían ni saber que le están resolviendo la vida a alguien. Hay también quienes lo saben y se sienten genuinamente felices de ayudar. Salir de la propia comodidad para incluso salvar a alguien es de esas experiencias hermosas y hasta divinas  que son atesoradas en la memoria. Será por eso que, quizás por asociación, uno piensa que tal muestra de desprendimiento sea posible en aquellos que detentan el poder. Pero no, craso error.  Allí la cosa no funciona así.

En las advertencias sobre los llamados falsos profetas se muestra  claramente la división entre la ética del profeta y la búsqueda del Poder. Un profeta es un mensajero de Dios, un ungido. En La Didaché, un texto antiguo basado en las enseñanzas de los apóstoles, se dice que en su camino evangelizador, un profeta  podría aceptar albergue en un mismo pueblo hasta por dos días, pero no más de allí, porque si se queda más de tres  ya no es profeta. Sin medias tintas, el texto traza la línea entre ser profeta y no serlo.

Se puede aquí debatir sobre si, a diferencia del profeta, el mesianismo excluye igualmente al poder, ya que en este último el llamado es a guiar un pueblo, a liberarlo de la opresión o a enseñarle un camino. De cualquier manera,  es curioso cómo esta tradición opera, que  no se le ocurra a nadie subestimarla: el mesianismo no es otra cosa que la descripción del gran líder, de acuerdo a los preceptos éticos y los propósitos de una nación, en este caso la hebrea. Sólo que esta descripción “del cargo” obedece a las necesidades históricas de un pueblo que requería resurgir de las ruinas. Convencidos como estaban, de que dicha ruina había sobrevenido a causa de la corrupción y la pobreza espiritual,  fue por ello que los profetas trabajaron por siglos para hacer el llamado a “respetar la palabra, las leyes” y a reavivar el amor y el temor a su Dios. Apostaron a la fortaleza espiritual y a sus preceptos,  porque creían firmemente que sobre ellos se levantaría nuevamente la nación.

Lo importante del discurso profético es que está tan dirigido a la gente como a anunciar a ese líder “que vendrá”. Obviamente, si un infante viene escuchando la descripción de ese líder desde antes de hablar, sabrá muy bien qué se pedirá de él en caso de decidir ser el mesías o de seguir a uno. Se trata de una tradición que se comunica con mucha  eficiencia. El mensaje, tanto espiritual como político, está dirigido a todo el mundo y cada quien sabe cuál es su papel en la reconstrucción. Y el mesías, haya sido éste anunciado, profetizado o adivinado, es guardián de una tarea descrita ya desde antaño.

Es inobjetable la idea de pedirle a un líder y a la gente tener fortaleza ética y espiritual, respetar los preceptos de la nación. En el caso de Venezuela, por ejemplo, para escribir una “descripción del cargo”, serviría leer a varios ensayistas y narradores venezolanos que advirtieron sobre la tendencia autoritaria o sobre el fantasma del militarismo, al tiempo que concibieron la relativa tolerancia racial y de clases como una fortaleza. Hay gente que ha pensado, escrito y hablado sobre el país mucho antes de nosotros. Desde nuestras raíces judeocristianas, coloniales y post coloniales, la mesa está servida.

Pero el mesianismo que primero viene a la mente del venezolano es más bien el del líder populista que despierta pasiones, frivoliza los problemas y sus soluciones, distorsiona la realidad y promete cosas de factibilidad dudosa.  La gente lo ve como mesías porque suele hablar como un salvador pero más nada. Y quienes quedan más enganchados a los populistas, también frivolizan los problemas, las soluciones y la realidad en general, por eso caen en la trampa. El populista y sus seguidores giran alrededor del mismo espejo.

Parece que requiere un esfuerzo de generaciones formar a la gente sobre qué realmente se puede y debe esperar de un gobernante, cualidades que van de la mano con lo que la gente vive el día a día en su rol de padre o madre, hermano o hija, nieto o sobrina. Pero un buen antídoto para el engaño es cuando la gente valora las palabras con la justeza que merecen. Ayuda mucho.

A los gobernantes irrespetuosos de la gente se les mide también por si cumplen o no su palabra. Una buena idea para el elector sería escribir las promesas del candidato en un papel y pegarlo en la primera pared de entrada de la casa por un buen tiempo. A lo mejor al copiarlas algunos se percatarán de cuán ilusas e improbables son, pero con seguridad, en cualquier momento se podrán comprobar los engaños. Obras son amores: las buenas intenciones requieren pruebas.

Fuente: correodelcaroni.com