Crimen y Castigo | Por Antonio Sánchez García - Venezuela..Libre

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Crimen y Castigo | Por Antonio Sánchez García


Crimen y Castigo | Por Antonio Sánchez García


La madre del general Rodríguez Torres, encarcelado por el reclamo que expone ante el trato que se les da a sus compañeros de armas por expresar su desacuerdo con el régimen imperante, al que él ha servido desde sus máximos puestos de comando, protesta con justa razón y expone la diferencia de este trato represivo con el que recibiera su hijo cuando participara del golpe de Estado del 4 de febrero de 1992.

No concuerdo con la señora madre de quien reprimiera con criminal dureza a los jóvenes manifestantes, con un saldo en asesinatos que debiera llevarlo ante la Corte Internacional de La Haya. Si bien es cierto que en aquella oportunidad recibieran un trato privilegiado tanto él como sus superiores y todos los militares involucrados, ese trato no formaba parte de un régimen de respeto a los derechos humanos, brutalmente pisoteados entonces y ahora por su hijo y sus superiores. Formaba parte de un abominable sistema de complicidades de quienes con razón se les ha calificado de “políticos armados”. Todos ellos, casi sin excepción, golpistas en la sombra. Y que ocupaban los más altos comandos de las fuerzas armadas.

De modo que su añoranza no hace más que poner de relieve la inmensa, la monstruosa responsabilidad que cargan todos ellos, repito: casi sin excepción, en no haber procedido contra los principales implicados y sus secuaces – me refiero a Hugo Chávez, a Arias Cárdenas, a Urdaneta Hernández y a Yoel Acosta Chirinos – exactamente como hoy proceden con Rodríguez Torres. Es más: en no haberlos atacado en el Museo Militar y en los sitios en que se entregaran exactamente como acaban de proceder frente a Oscar Pérez y sus siete acompañantes: fusilándolos.

Para inmensa desgracia de la República, devastada hasta sus cimientos por todos aquellos que, junto al hoy general en retiro Rodríguez Torres, se alzaran contra el Estado de Derecho, ni el entonces ministro de defensa ni el gobierno asaltado, ni el jefe de Estado que lograra escapar del asesinato contra él ordenado, tomaron en sus manos la decisión de llegar hasta el asesinato contra quienes atentaban contra la República. Como lo rebelaran los máximos involucrados, la complicidad de los altos mandos de las fuerzas armadas era prácticamente completa y total.

Las sombras no han sido desveladas. La mano derecha y principal asesor del entonces ministro de defensa, Fernando Ochoa Antich, el general Santéliz, que como lo revelara Hugo Chávez era un faccioso y cuidó de su vida para evitarle cualquier contratiempo como los que hoy sufren Rodríguez Torres y las decenas de oficiales detenido y seguramente torturados, al extremo que lo han hecho con el general Vivas, era el caso más sobresaliente del grado de involucramiento y complicidad de la oficialidad que debía velar por la integridad de la República y el debido respeto a su institucionalidad democrática. El propio ministro de la defensa ha capeado el temporal sin poder aclarar, ni jamás podrá hacerlo pues en su caso se navega en aguas turbias y confesiones íntimas, si no su participación directa en los hechos que precedieron al acto que terminaría por desquiciar a la República, el grado de tolerancia culposa ante los hechos.

Como bien lo ha señalado Thays Peñalver en su acucioso estudio sobre el golpismo militar en Venezuela, el golpe implícito o explícito, o sus amenazas por motivos estrictamente políticos, ha sido una constante del funcionamiento del poder militar y del sistema de dominación venezolano desde su misma fundación. Según su detallado estudio, no hubo un solo año de los cuarenta años de democracia, en que no se hubiera conspirado desde los cuarteles contra la civilidad. Pasando sus implicados de rango en rango y de promoción en promoción. Al llegar al generalato, todos los efectivos de la oficialidad se habían graduado en golpes de Estado. Los generales que debieron enfrentar la felonía del 4 de febrero les habían pasado el testigo y el encargo a sus sucesores. Todo oficial venezolano era un golpista en potencia. El único hecho destacable del 4 de febrero fue que hubo los comandantes de fuerza que decidieron pasar del golpismo en potencia al golpismo en acto. Y que portaban el virus del castrocomunismo.

Otro reconocido historiador, Edgardo Mondolfi, ha descrito la docena de golpes militares, de extrema derecha, de centro y de extrema izquierda, que debió sufrir Rómulo Betancourt mientras luchaba por imponer la democracia en Venezuela. Ninguno de sus sucesores se salvó de la plaga. El 4 de febrero sólo vino a culminar el aprendizaje, coincidió con una crisis estructural y contó con el inesperado auxilio de un liderazgo político que comenzaba el trágico ciclo de su decadencia. Como dice el refranero popular venezolano, se encontraron el hambre con las ganas de comer.

¿Disponía el entonces presidente de la República de los instrumentos legales e institucionales como para haber castigado debida, severamente a los golpistas, haberles aplicado una condena cónsona con los graves daños, riesgos y peligros que – al presente y al futuro - entrañaba su acción, haberles inhabilitado políticamente y haberlos secado en la cárcel, como hiciera el principal culpable con los inocentes que ha castigado durante todos estos años a un impío encarcelamiento – por ejemplo, el comisario Simonovis y los policías castigados por la rebelión del 11 de abril de 2002, hace ya más de dieciséis años?

Por supuesto que disponía de todos los medios. Aunque no disponía del país, de la clase política y de la sociedad civil capaz de acompañarlo. Pues aún disponiendo incluso de su propia voluntad, si bien profundamente quebrantada por los ataques despiadados de que fuera víctima por las élites de todos los ámbitos, fundamentalmente los políticos y los mediáticos, Venezuela había recibido a los felones con los brazos abiertos. Sin olvidar los de la justicia y sus jueces, que en lugar de castigar y condenar a los golpistas, lo condenaron y castigaron a él. Un acto de traición y burla al estado de derecho que jamás debiera ser olvidado. ¿Se habrá olvidado?

Sin mencionar el más oprobioso de los cómplices: la clase media y alta venezolana, sus políticos y empresarios, ahítos de odio y rencor contra quien intentaba profundas reformas socioeconómicas y políticas – la liberalización del aparato económico y la descentralización, fundamentalmente – mancomunadas en un odioso contubernio de golpismo que penetró en todos los estratos públicos y sociales, envileció las dirigencias y permitió el asalto al poder de quienes se encargarían sistemáticamente de devastar a la República y traerla al ominoso estado de crisis y miseria en que hoy se encuentra. ¿De qué vale el arrepentimiento post festum, si el horroroso daño ya está hecho?

Pienso en todo ello mientras leo las quejas de la señora madre de un general que se rebela contra aquellos con los que hasta ayer compartiera la vesania y la crueldad propios de un régimen totalitario. Y pienso, sobre todo, en el papel conductor de una desvalorada oposición dirigida por quienes traicionaron a su propio compañero de partido o avalaron, con sumisión y vergonzosa aquiescencia, el asalto y el despliegue de la barbarie.

¿Seremos capaces de salir de este abismo y fundar otra república, una en que el golpismo sea severamente castigado, las fuerzas armadas profundamente depuradas, la clase política elevada al rango de auténticos defensores de la integridad y honorabilidad republicanas, la sociedad emancipada de sus taras y vicios ancestrales? Quisiera tener la respuesta. Los hechos me impiden tenerla.


Antonio Sánchez García
Fuente: Lacabilla.com