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Nuestros dictadores: Castro, Chávez, Maduro



Nuestros dictadores: Castro, Chávez, Maduro


“La historia llamará a nuestra época la era de los dictadores y tiranos. En los últimos años, hemos sido testigos de la caída de dos de estos superhombres hinchados. Pero sobrevive el espíritu que aupó a estos granujas al poder autocrático. Permea libros de texto y periódicos, habla a través de las bocas de maestros y políticos, se manifiesta en programas de partidos y en novelas y obras de teatro. Mientras prevalezca este espíritu no puede haber ninguna esperanza de una paz duradera, de democracia, de conservación de la libertad o de una mejora constante en el bienestar económico de la nación” Ludwig von Mises, Caos Planificado, 1947

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Las repúblicas latinoamericanas ven la luz entre las tinieblas de la dictadura. Y el primer dictador republicano fue Simón Bolívar. Lo escribió con todas sus letras acercándose al desenlace de su temprana muerte: mayor felicidad, seguridad y progreso aseguraba el dominio colonial a cuyo desencajamiento él había dedicado su vida y sus riquezas que el caos y la desintegración que había asolado a las repúblicas luego de su paso. Había hecho de la dictadura una necesidad perentoria. Lo escribió negro sobre blanco en carta al general Juan José Flores, puesto por él en la presidencia del Ecuador: “Vd. Sabe que yo he mandado 20 años y de ellos no he sacado más que pocos resultados ciertos: 1) La América es ingobernable para nosotros, 2) El que sirve una revolución ara en el mar. 3) La única cosa que se puede hacer en América es emigrar. 4) Este país caerá infaliblemente en manos de la multitud desenfrenada para después pasar a tiranuelos casi imperceptibles, de todos colores y razas. 5) Devorados por todos los crímenes y extinguidos por la ferocidad, los europeos no se dignarán conquistarnos. 6) Si fuera posible que una parte volviera al caos primitivo, éste sería el último período de la América.”

En medio del caos en que han devenido las cinco repúblicas por él independizadas le escribe a Santander, su vicepresidente, el 14 de octubre de 1826: “La dictadura ha sido mi autoridad constante”. “Esta magistratura” – prosigue aclarando su concepto de dictadura –“es republicana; ha salvado a Roma, a Colombia y al Perú.”

En la ocasión recuerda los orígenes de la que considera una respetable y muy útil forma de gobierno. La institución de la dictadura surge en Roma como respuesta del Senado romano a una crisis de excepción que requiere de la concentración absoluta del poder político y militar en un solo hombre, provisto mediante ese instrumento inédito y excepcional de los medios necesarios para resolverla satisfactoriamente. Una dictadura jurídica, legítima por origen y desempeño, estatuida por encargo del Senado por una duración máxima de seis meses. Lo que en términos jurídico políticos ha recibido el nombre de dictadura comisarial. Se la ilustra con el clásico ejemplo del tribuno Lucio Quincio Cincinato (519 a. C. – 439 a. C.), que cesó provisoriamente en su trabajo de hombre privado ya retirado – la labranza – para volcarse a la dirección dictatorial de los asuntos públicos y restablecer el orden por orden del Senado. Luego de lo cual y cumplido el encargo exitosamente volvió al arado. Situación que cumplió dos veces en su vida. Es lo que tiene en mente el Libertador.

A esa dictadura comisarial se refería el eminente jurista, político y diplomático español José Donoso Cortés en enero de 1849 cuando en un vibrante discurso en las Cortes en las que se discutía sobre los graves sucesos provocados por la revolución europea de 1848 expresó su célebre y muy polémica afirmación según la cual “cuando la legalidad basta para salvar la sociedad, la legalidad; cuando no basta, la dictadura”. Luego de lo cual, y tras señalar que mucho más tremenda que la palabra dictadura, ya de suyo tremenda, es la palabra revolución, aclaró las cosas afirmando: “dos cosas me son imposible: condenar la dictadura y ejercerla”. Seguro de lo que afirmaba, señaló de inmediato: “Digo, Señores, que la dictadura en ciertas circunstancias, en circunstancias dadas, en circunstancias como las presentes, es un gobierno legítimo, es un gobierno bueno, es un gobierno provechoso, como cualquier otro gobierno; es un gobierno racional, que puede defenderse en la teoría, como puede defenderse en la práctica. Y si no, señores, ved lo que es la vida social.”

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Fue esa necesidad de administración y control del caos desintegrador la que veinte años antes había convertido a Simón Bolívar en el principal promotor y aspirante a la dictadura en las repúblicas recién independizadas. Sólo muchos años después, bajo los regímenes totalitarios tan temidos por el mismo Donoso Cortés – comunismo y nazismo – , surge la otra forma de dictadura, que persigue el fin opuesto: liquidar toda institucionalidad, destruir el sistema de derecho y entronizar una tiranía sin tiempo ni medida. Es la que se ha dado en llamar “dictadura constituyente”, cuyo fin es hacer tabula rasa de lo establecido para erigir sobre sus ruinas un sistema de dominación totalitario. Para lo cual no corre a salvar sino a potenciar y dinamizar la crisis, hacer saltar por los aires sus mecanismos de autodefensa y descabezar a las autoridades y al conjunto de organismos e instituciones que constituyen y conforman el llamado Estado de Derecho. Para instaurar en su lugar lo que vendría a calificarse de “dictadura del proletariado”. En rigor: la dictadura de la vanguardia de partido único y control policiaco del conjunto social. Son, si se quiere, dos formas alternativas y antagónicas en su origen, función y objetivos dictatoriales. Y sólo un necio o un ignorante puede confundirlas y considerarlas del mismos jaez.

América Latina conoce bien y por experiencia propia ambos tipos de dictadura. La dictadura comisarial clásica ha sido la instaurada con el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 por las fuerzas armadas chilenas, quienes tras la deslegitimación del orden imperante por parte del Congreso de la República y un exhorto de la Corte Suprema de Justicia derrocaron al presidente constitucional Salvador Allende, instaurando una Junta de Gobierno constituida por los comandantes de las cuatro fuerzas, presidida por el Comandante en jefe del Ejército, general Augusto Pinochet Ugarte. Fue una dictadura que se extendió por 17 años, al cabo de los cuales, resueltos los problemas estructurales básicos que la invocaran, dio paso pacífica, constitucional y electoralmente al retorno a la institucionalidad democrática. En el otro extremo, la clásica dictadura constituyente de América Latina y la única que haya existido en nuestra historia hasta el asalto al Poder de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, es la que estableciera Fidel Castro luego de su toma del poder el 1° de enero de 1959, echando por tierra todas las instituciones republicanas existentes y montando un sistema de gobierno centralizado bajo su férreo mando militar, un partido único, una ideología única y un dominio absoluto y totalitario del conjunto social.

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No es del caso valorar éticamente ambas formas de dictaduras sino atender a su mera fenomenología. Y comprender que sus formas de desarrollo, logros y resolución son, unos de otros, completa y absolutamente incompatibles. Los resultados de su accionar son manifiestos, al extremo que mientras Chile y Cuba al momento de instaurarse en Cuba la dictadura comunista disfrutaban de condiciones económicas y sociales prácticamente idénticas, 54 años después y mediando 17 años de dictadura comisarial en Chile, éste ocupa el más destacado lugar en el desarrollo socio económico de la región, a punto de ingresar en el Primer Mundo según los parámetros universalmente reconocidos, mientras que Cuba se encuentra en el último lugar del desarrollo de las naciones latinoamericanas, compartiendo ese triste y ominoso privilegio con Haití y Venezuela.

Vale la pena acercarse a sus logros, para comprender la profunda diferencia ontológica y fenomenológica que las caracteriza. En 1958 el Producto Interno Bruto (PIB) de Cuba fue de $ 2,360 millones para una población de 6.631.000 habitantes y un Producto Per Capita (PPC) de $ 356. El PIB de Chile fue de $ 2,580 millones para una población de 7.165.000 habitantes y un PPC de $ 360. Es más que evidente que Cuba y Chile se encontraban en vísperas del establecimiento de la dictadura en Cuba en los mismos niveles de desarrollo. En el año 2000, tras cuarenta años de dictadura constituyente en Cuba y superados 17 años de dictadura comisarial en Chile los mismos valores fueron los siguientes: el PIB cubano fue de $ 19,200 millones; el de Chile fue de $ 153.100 millones; la población de Cuba se había estancado en los 11 millones de habitantes, mientras Chile alcanzaba los 15.160.000 habitantes y el producto Per Capita en Cuba fue de $1.700, mientras que el de Chile alcanzó los $ 10,100. 13 años después, el primer gobierno de Sebastián Piñera termina su período con un PPC de $20.000. Chile había alcanzado los niveles europeos. Cincuenta años de diferencias tan notables son suficientes para demostrar que una dictadura constituyente, como la que pretende entronizarse en Venezuela, sólo conduce al abismo.

Pero más que aclarar las profundas diferencias entre ambas formas dictatoriales es pertinente señalar la dinámica existencial que las signa. Siendo constitutivo de la dictadura chilena su naturaleza comisarial, vale decir: tener una duración determinada y cumplir tareas específicas, llegado el momento de ese cumplimiento su destino estaba marcado en su propia dinámica interna: debía apartarse para permitir la plena reconstitución del Estado de Derecho. Es más: afianzado el proceso de recuperación económica, la economía chilena requiere de la plena vigencia de la libertad, vale decir, del libre mercado, para continuar avanzando hacia su crecimiento y progreso. La dictadura se convierte en obstáculo del desarrollo. Debe ser suplantada urgentemente por la democracia.

Sólo quien lo ignore absolutamente puede tomar el plebiscito chileno como modelo de cambio pacífico y electoral para salir de la dictadura castrocomunista venezolana. Si aquella salió para darle paso a la reinstauración democrática propiciada por sectores militares de la propia junta militar y los sectores civiles del pinochetismo, los sátrapas de Nicolás Maduro y sus tontos útiles intentarán lo imposible por entronizarse en el poder. Esta dictadura implosionará por sus insuperables contradicciones internas o será apartada por la fuerza. O una fructífera combinación de ambas. Lo dicta la experiencia.

Abrí este artículo con una cita de Ludwig Von Mises de su espléndido ensayo Caos planificado, publicado en 1947. Quisiera cerrarlo con otra cita de la misma obra: “Los líderes intelectuales de los pueblos han producido y propagado las mentiras que están a punto de destruir la libertad y la civilización occidental. Solo los intelectuales son responsables de las matanzas masivas que son propias de nuestro siglo. Solo ellos pueden invertir la tendencia y abrir el camino a una resurrección de la libertad. No son las míticas “fuerzas productivas materiales”, sino la razón y las ideas las que determinan el curso de los asuntos humanos. Lo que hace falta para detener la tendencia al socialismo y el despotismo es sentido común y coraje moral”.


@sangarccs
Fuente: noticierodigital.com