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Así maquilla Maduro el apocalipsis monetario venezolano


Así maquilla Maduro el apocalipsis monetario venezolano



2.600.000 bolívares. Eso se necesitaba para comprar solo un rollo. Tras el cambio del lunes, se han quitado cinco ceros a esta cifra. Pero la inflación ha seguido subiendo.  Ahora se cobra  50 Bs sob este precio en los nuevos bolívares. Parece menos pero es pura ficción. El valor real actual es casi es el doble.

De un día para otro, los ciudadanos venezolanos ven como los precios suben y ya hablan de que están camino de ser Zimbabue
La devaluación del bolivar impulsada por el presidente ha creado aún más hambre. Ni siquiera un rollo de papel higiénico está al alcance de cualquiera
Maduro quita cinco ceros al bolívar en su peor momento económico y siembra el temor en Venezuela
El nuevo bolívar de Nicolás Maduro dispara la pobreza y el éxodo en Venezuela

Ese bolívar soberano, ¡soberana mentira! -dijo Trina López, de 54 años, la mañana de este viernes. Caminaba cabizbaja y desanimada por una desolada avenida del este de Caracas. Era el quinto día de la reconversión monetaria de Nicolás Maduro, vendida como la panacea para la recuperación económica. Era el quinto día del apocalipsis. Y ella, Trina, una empleada doméstica de 54 años, ya se había percatado de la realidad que cinco ceros menos no pueden ocultar:


-Los reales no alcanzan. Todo está igual o más caro.

Aún no entraba en vigencia el aumento de casi 4.000% del salario mínimo anunciado por Maduro la oscura noche del viernes 17 de agosto y previsto para el 1º de septiembre. Pero ni siquiera eso animaba a Trina, quien estaba convencida de que, pese al control de algunos precios impuesto esta semana por el Gobierno -que en algunos casos sitúa los productos finales en el valor de su materia prima-, el coste de la vida aumenta. Y mucho.


Aunque no es experta en economía, no le cuesta ver lo que los entendidos advierten: que el nuevo salario mínimo, ahora de 1.800 bolívares «soberanos» -180 millones de los de antes, los supuestos «fuertes», y unos 15 euros, según el promedio de tasas de cambio no oficiales, que también, pese a los intentos del Gobierno, aún rigen en el país- pronto quedará para lo mismo que el salario mínimo integral actual, de 50 bolívares soberanos -cinco millones de bolívares fuertes, menos de un euro paralelo-, es decir, para pagar apenas un rollo de papel higiénico o un kilo de tomates.

De un día para otro, incluso de una hora a la siguiente, los venezolanos pasan de poder comer un filete de pollo a no tener nada que llevarse a la boca.

Trina sabe que esos 1.800 bolívares soberanos aún son insuficientes para comprar la cesta alimentaria familiar, que el mes de julio escaló 700 millones de bolívares «fuertes», o 7.000 bolívares «soberanos».

Trina sabe, también, que los precios en la Venezuela de la hiperinflación, como en la Zimbabue de 2008 o 2009 -algunos se remontan a o la República de Weimar-, aumentan hasta varias veces por día y a los pocos días dejan de ser referencia, por lo que sabe que el valor actual de la cesta de la compra es aún mayor.

Y sabe que todas estas medidas, que a ella todavía le cuesta entender y asimilar pero que la han vuelto en toda una experta en el cálculo mental, no hicieron sino empeorarlo todo. Y eso que no conoce la conservadora estimación del Fondo Monetario Internacional de una inflación de 1.000.000% al cierre de 2018.

En realidad, al devaluadísimo bolívar le faltan no cinco sino ocho ceros: un bolívar soberano equivale a 100.000 bolívares fuertes de los de Chávez, que son 100.000.000 de los bolívares originales.


Este viernes, miles de venezolanos huían por la frontera con Colombia buscando sobrevivir.
Antes de la reconversión, con esa cantidad de dinero, contenida en el billete de mayor denominación para entonces, Trina no podía hacer casi nada, pero al menos podía tomar unos 10 autobuses, si tenía la suerte de conseguir el escaso y costoso dinero en efectivo y las igualmente escasas y destartaladas unidades de transporte.

Ahora, un bolívar fuerte es lo que pagará por un solo pasaje. Por eso, en estados como Lara, algunos de los que, como ella, dependen de ese sistema de transporte protestaron esta semana por el aumento del servicio.

Como muchos venezolanos, Trina aún no ha tenido la dicha de ver en vivo y en directo las dos monedas ni los ocho billetes del nuevo cono monetario. Pese a que este lunes fue decretado festivo laboral, salió a las desoladas calles caraqueñas para trabajar.

El martes, aunque estaba en contra de las medidas, no acató la llamada a paro que hizo la oposición venezolana: más que nunca necesitaba el dinero de su trabajo diario para ayudar a sus hijos y nietos, que están en riesgo de quedarse en paro tras la oleada de liquidaciones que ha precedido a los anuncios.

Muchas de las ya asfixiadas empresas no pueden asumir los nuevos sueldos y los pasivos laborales que estos acarrearían. Y no ven una solución en la opción temporal del Gobierno de cancelar el diferencial de los aumentos a través del polémico carnet de la patria, un documento de identidad paralelo, de filiación política, que el chavismo ha intentado imponer por distintas vías. Además de expertos en matemáticas, los venezolanos estos días se han visto obligados a aprender de leyes laborales.

Hasta el viernes, la ocupada y preocupada Trina no había tenido tiempo de hacer otra cosa que no fuera trabajar, restar ceros y buscar la comida de cada día. Entre sus prioridades no estuvo hacer colas en los cajeros automáticos ni en las taquillas de los bancos, que por meses habían estado solos, pues ya ni entregaban los absurdos límites diarios de 10.000 y 100.000 bolívares fuertes. Los pasó de largo toda la semana, junto a muchos negocios que permanecieron cerrados mientras definían su situación y reajustaban precios.


Harta de limpiar pisos

Las últimas semanas, Trina había logrado quintuplicar el salario mínimo limpiando dos apartamentos por día y trabajando incluso los fines de semana. Y eso que no había entrado aún en la dinámica de varias de sus colegas, quienes, como muchos venezolanos, se habían incorporado al creciente mercado del menudeo en divisas, y cobraban un dólar por jornada de trabajo.

Aún con dificultad, sobrevivía gracias a que comía en las casas en las que trabajaba. Ahora, con suerte, ganará cuatro veces más de lo que ganaba antes, y no logrará completar ni un salario mínimo.

Una carnicería de Caracas prácticamente vacía de género. No es la única. Farmacias y otros muchos locales ya no tienen qué vender.
El panorama es gris y no sólo para ella. La protesta consistió en poner a volar cientos de billetes que ya no circularían más y no tenían ningún valor, la tarde del pasado viernes, en los andenes de la estación más concurrida del Metro de Caracas, la de Plaza Venezuela.

Trina no se enteró y sus ingresos tampoco le hubieran permitido participar en ese ni en ningún otro tipo de despilfarro al que sí se abocaron, desde el pasado miércoles, muchos de los venezolanos con trabajos más estables y acceso a una cantidad mayor de bolívares.

A partir del 15 de agosto, cuando las empresas pagaron las quincenas y en algunos casos adelantaron el sueldo del mes para que los trabajadores compraran previsiones, los comercios y centros comerciales -esta semana desolados y cerrados por la incertidumbre- se vieron abarrotados. Las filas fueron particularmente largas en las gasolineras y en los supermercados. Era como si el mundo se fuera a acabar el 20, pero la verdad es que nadie quería tener en sus cuentas a los malqueridos bolívares.

Así, un negocio de perfumes que en el mejor de los últimos días había vendido 2.100 millones de bolívares fuertes en mercancía (21.000 soberanos), el pasado jueves facturó 3.600 millones de bolívares fuertes (36.000 soberanos).

El fin de semana, cuando pensaban trabajar con normalidad, pues los preciados datafonos -que se han vuelto indispensables en la economía venezolana- funcionarían, con sus limitaciones normales, hasta las 18:00 horas del domingo, cerraron sus puertas para evaluar a ciegas un reajuste de precios que, inicialmente, fue de 60%, cuando reabrieron las puertas, el martes, y que a finales de la semana ya era del 100% del valor que tenía el producto la semana anterior.

Las páginas que publican las tasas de cambio no oficiales habían anunciado que entre el viernes y el lunes de la reconversión no publicarían las crecientes tasas que compartían hasta dos veces al día: mañana y tarde. Quienes se dedican a la compraventa de divisas en el mercado negro aseguran que, pese a eso, muchos decidieron convertir los bolívares en divisas, al precio que fuera, incluso muy por encima de la última tasa promedio, con tal de salvaguardar sus pequeñísimas fortunas hasta que comenzara el apocalipsis, porque si hay algo en lo que hay unanimidad es que este es tan solo el comienzo.

Trina se enfrentó a la debacle con unos pocos billetes del viejo cono monetario -que aún puede usar en paralelo con los nuevos para gastos menores- y los últimos millones que había cobrado, porque sí, porque en Venezuela todos tenían millones pero solo unos pocos -los más rojitos, principalmente- eran realmente millonarios... Y la diáspora ya alcanza los cuatro millones de personas. Una tragedia en un país con 32 millones. Otro drama es cruzar la frontera.

Ella era pobre y, tras la reconversión, se sentía más pobre. Quizás por esa extraña sensación que tienen todos los venezolanos cuando revisan sus estados de cuenta y los ven reducidos en cinco ceros.

-Lo único que provoca es llanto. Pero, ¡qué va! Eso enferma a la gente y aquí no hay medicinas pa curarse.


ANDREINA ITRIAGO
Fuente_ amp-elmundo.es