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La intervención humanitaria, un imperativo y un derecho, por Antonio Sánchez García



La intervención humanitaria, un imperativo y un derecho



“Verás en muchos de los comentarios de prensa que una de las cosas que aplauden en tu elección es tu actitud clara y categórica frente al comunismo” Mariano Picón Salas, embajador de Venezuela en Brasil, a Rómulo Betancourt, Rio de Janeiro, 29 de diciembre de 1958 [1]

Sin tener arte ni parte, y entrampados en la situación dejada por la división del planeta en dos grandes hemisferios con sus correspondientes imperios como resultado de la Segunda Guerra Mundial – el nuevo Nomos de la tierra, con su distribución del poderío espacial de tierra, mar y aire, repartido el planeta entre la Unión Soviética y los Estados Unidos de Norteamérica, para usar un concepto jurídico territorial de la mayor importancia, ampliamente desarrollado por Carl Schmitt en su ensayo del mismo nombre – El Nomos de la Tierra –, las dos Américas – la española y la anglosajona – han debido tolerar durante sesenta años la existencia e intromisión de una suerte de cuña, asentamiento, implante u ordenación colonial en su corazón y a pocas millas del Poder de uno de dichos imperios, los Estados Unidos. Una intromisión violenta y violadora de toda juridicidad, elevada a plataforma del comunismo soviético encargado de impedir la estabilización y la consolidación del orden jurídico político, liberal y democrático, que le es propio a las Américas. Y en el caso concreto del Caribe, a la alteración de su Nomos fundado en 1492 con la llegada de los españoles y la posterior ocupación y establecimiento de las colonias. Un hecho de inmensa gravedad, sólo comprendido en toda su dimensión estratégica por un venezolano de excepción que puso su vida a la tarea de combatirlo, vencerlo y erradicarlo: Rómulo Betancourt.

La implantación de una dictadura comunista en la isla de Cuba, obediente y alineada junto al polo soviético de poder global, pasará a constituir una permanente amenaza de injerencia, invasión y ocupación de territorios legítima e históricamente pertenecientes al Nomos heredado del hecho político geográfico más importante de la modernidad: el descubrimiento, conquista y colonización de América por la corona española. “El acontecimiento fundamental de la historia del moderno derecho de gentes europeo: la toma de la tierra en un Nuevo Mundo” (Carl Schmitt, El Nomos de la Tierra.)[2] Y la creación y ordenamiento de las repúblicas luego de las guerras independentistas, a las que, por cierto, Cuba, el último y obediente peón sostén de la corona, jamás quiso sumarse.

Así, la revolución cubana ha sido el hecho históricamente más desquiciante y políticamente perturbador del siglo XX latinoamericano: ha introducido una cuña que altera en su esencia nuestra ordenación jurídico político territorial, ha fracturado el eje del dominio tradicional de las democracias liberal republicanas y ha constituido una amenaza permanente contra el libre desarrollo, evolución y progreso de nuestros países. La intromisión del marxismo soviético, la siembra del odio y la enemistad de clases y el boicot sistemático a la convivencia pacífica entre las naciones, desde el primero de enero de 1959 hasta el día de hoy. Ninguno de los actuales conflictos que nos aquejan, desde la devastación de Venezuela y Nicaragua, la guerra civil colombiana y las que han afectado a Centroamérica y el Cono Sur, incluso el diferendo territorial que acaba de ser zanjado por la Corte Penal Internacional de La Haya entre Chile y Bolivia y la estructuración de un frente contrario al orden democrático a través del llamado Foro de Sao Paulo, tienen otro origen que el efecto desintegrador y mutilador promovido por Cuba y su tiranía. Cuba ha sido el cáncer de la región. Un cáncer tenaz, persistente y aparentemente incurable, que se sostiene sobre la naturaleza parasitaria y destructiva, aniquiladora del castro comunismo cubano. Y la incapacidad existencial de la región para resolverlo radicalmente, a fondo y para siempre. ¿O es que la tiranía cubana llegó para quedarse per secula seculorum?

Cuba ha significado, desde luego, un grave traspiés para el poderío de los Estados Unidos en la región, pues su sola existencia e intangibilidad le ha restado autoritas y potestas a un imperio que sólo, por ese hecho, ha visto menguadas sus atribuciones reales. ¿Qué imperio es aquel que permite una intromisión de tanta envergadura y naturaleza, dotado de un poderío militar desproporcionado hasta hacerse intocable, a escasas millas de sus costas? ¿Qué poder real detenta una potencia que ve socavadas sus políticas por fuerzas internas animadas desde la capital de la colonia soviética en el Caribe; debiendo conformarse con declaraciones anodinas y viéndose obligada por el orden mundial a compartir poderes, así sean meramente formales, en la cúpula del organismo máximo de la diplomacia mundial? ¿Quién manda en la ONU? ¿Cuba, Rusia, China o Europa y los Estados Unidos? ¿Cuál es el ámbito de decisiones que le corresponde a nuestra región en un foro dominado por las dictaduras del planeta?

Venezuela y el tratamiento de su grave caso de desquiciamiento, saqueo y devastación por parte de Cuba, amparada por y al servicio de China y Rusia, han venido a poner la guinda sobre la torta. Ello ha sucedido a vista y paciencia de todos los poderes occidentales, comenzando por el propio gobierno de los Estados Unidos, que bajo los demócratas y el gobierno Obama-Clinton renunció a sus obligaciones y derechos de asistencia y resguardo de nuestra integridad. Prefiriendo abrazarse con la tiranía. Un acto de traición sin precedentes a sus responsabilidades históricas. Y en el ámbito regional. En donde, para mayor INRI, han tenido mayor poder decisorio sobre nuestro triste y miserable destino un puñado de insignificantes islas del Caribe, que las grandes potencias continentales. Pues la OEA es el mero reparto nominalista de representación. Un país, un voto. Nada importa su peso territorial, demográfico y económico en el concierto regional. Un absurdo prohijado en el pasado por los propios gobiernos que hoy sufren las devastadoras consecuencias de sus graves errores.

Todo lo cual es producto de la aceptación de un chantaje distributivo que desconoce la potestad y la representatividad de poderes reales. Facilitado por la renuncia de los Estados Unidos a ejercer su poderío en su propia área de dominio e influencia. Una situación que culmina en la absoluta orfandad del pueblo venezolano frente a la trágica situación que soporta.

La intervención humanitaria para ponerle fin a esta tiranía es un imperativo político y moral, no un favor que se reclama ni una violación al derecho internacional. Es hora de exigirla para salvar a Venezuela y al pueblo venezolano de la devastación a la que han sido sometidos.



Notas bibliográficas:

[1] J. M. SISO MARTÍNEZ, JUAN OROPEZA: MARIANO PICÓN SALAS. Correspondencia cruzada entre Rómulo Betancourt y Mariano Picón Salas – 1931 – 1965. Ediciones de la Fundación Diego Cisneros, Caracas, 1977.

[2] Carl Schmitt, El Nomos de la Tierra, en Carl Schmitt, Teólogo de la Política, Prólogo y selección de textos de Héctor Orestes Aguilar, Fondo de Cultura Económica, México, 2001.


@sangarccs
Fuente: noticierodigital.com