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Análisis ND: El Nacional, crónica del (pen)último día de la Historia de Venezuela



Análisis ND: El Nacional, crónica del (pen)último día de la Historia de Venezuela


El Nacional
Pino, Correa y Ruíz durante el acto en respaldo a El Nacional, que cerró su edición impresa este viernes 14 de diciembre


Este 14 de diciembre, cuando el diario El Nacional deja de circular en papel, un grupo de periodistas de todos los medios (entre ellos muchos experiodistas de ese rotativo) se unieron al personal de la institución para lanzar un manifiesto y un desafío.

El manifiesto es que esa marca, que para los venezolanos es una referencia de la Historia contemporánea de Venezuela (como puntualizaba su director, Elías Pino Iturrieta, quien no en balde es historiador), va a sobrevivir a este oscuro período en el que a la autocracia en el poder ya no le basta siquiera la hegemonía comunicacional: ahora quiere el totalitarismo.

Y el desafío es justamente ese: los periodistas venezolanos vamos a seguir encontrando la manera de que los venezolanos sepan lo que el régimen de Nicolás Maduro ya no quiere que sepan, incluso en tiempos en los que ese totalitarismo comunicacional ya no se expresa solo en cierre de periódicos, sino en ataques de denegación de servicio e inhabilitación de redes virtuales privadas (VPN) para hacer prácticamente imposible el acceso a (entre otras) www.el-nacional.com, que queda encargado de preservar la marca hasta que “volvamos a salir en papel”, prometieron Jorge Makriniotis, gerente general de El Nacional, y Alejandra Otero, en representación de su padre, Miguel Henrique Otero, presidente-editor de El Nacional en el exilio desde hace cuatro años.

El Nacional (y el gremio periodístico venezolano) comparten, como dijo Patricia Spadaro, jefa de redacción del diario, un defecto. Somos enormemente tercos.

Y esa terquedad, como señaló Carlos Correa, de Espacio Público (todos participaron brevemente en la convocatoria que se hizo para anunciar las próximas acciones del diario) ha hecho que vayamos migrando: cuando cerró RCTV, en 2007 (un golpe al que el cierre de El Nacional equivale once años después), el venezolano se pasó al cable, señaló Correa. Cuando cerraron RCTV Internacional en 2009, la gente fue a Globovisión; cuando vino la ola de compras más que dudosas de medios en 2013, nacieron, como hongos después de la lluvia, decenas de páginas web.



El público venezolano ha estado comprometido a mantenerse informado, muy a pesar de que ha pasado de ser un ejercicio pasivo, que se practicaba con sencillamente sentarse a ver El Observador, a ser algo enormemente complicado, en la misma medida en que un sistema de libertades se ha convertido en una dictadura de manual, sin separación de poderes y con el firme propósito de que nadie pueda auditar ni reclamarle nada, intento en el que desde ya, como señalaron Alonso Moleiro (quien pasó ocho años en El Nacional) y Marco Ruíz, secretario del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa, han fracasado.

Nada los librará, a Maduro y el grupo que lo sostiene, de pasar al basurero de la Historia, sentenció Moleiro, levantando aplausos en una Asamblea del gremio que tiene, justamente, mucho de histórica por el momento en que se produce.


Lágrimas y risas

Como Moleiro, a la imponente redacción de El Nacional (que ahora será ocupada, además, por los periodistas de su redacción web), se acercaron periodistas que por décadas hicieron la historia de ese rotativo: Edgar López, uno de los mejores periodistas del sistema judicial de este país, por no decir el mejor, o Telmo Almada y Blanca Vera Azaf, acreditadas firmas de Economía.

Decenas de periodistas se presentaron a rendir un homenaje al periódico con el que algunos aprendieron a leer, y otros aprendieron a interesarse en la política venezolana, como destacó Spadaro, quien hizo de El Nacional su casa por dos décadas y, a su vez, es una enorme periodista de Internacionales.

Pero nadie representa mejor las lágrimas que se vertieron ayer que Ascensión Reyes, “la negra”, emblema del periodismo político venezolano y por supuesto, de El Nacional.

Lloraba la negra y lloraba López, en una redacción en la que cada uno de ellos tiene un puesto, aunque se haya ido, aunque, como Venezuela, El Nacional se haya encogido hasta tener solo 300 personas de las 1.000 que en esa empresa llegaron a trabajar, todo por una política que buscó deliberadamente asfixiar a la prensa libre y que ha arrasado con 60% de los periódicos, algunos de ellos tan importantes e históricos como El Nacional para las regiones en las que circulaban, como El Impulso de Barquisimeto o El Carabobeño de Valencia.

Lloraban los veteranos y lloraban los muy jóvenes, recién llegados a ese periódico y a la profesión. Porque no corren buenos tiempos, porque pareciera que el madurismo se solaza en ver a la gente sufrir. La noticia del cierre de la edición impresa de El Nacional llega además en el último día realmente laborable de la temporada, lo que hace más cruel la incertidumbre que padecen sus trabajadores en esta Navidad; aunque la empresa garantiza, por los momentos, la estabilidad de la plantilla, está claro que una corporación que se encuentra en una industria que, por decir lo menos, tiene problemas, y además está siendo asfixiada por el Gobierno, ve seriamente comprometida su viabilidad a mediano plazo.

El periodismo venezolano son dos calles, y ayer, a quien esto escribe, le tocó, justamente, visitar por primera vez esa hermosa redacción de El Nacional. No importaba que no hubiera ido nunca: allí todas las caras me eran familiares, y le puse ubicación a tantas y tantas hermosas anécdotas de compañeros (presentes o en el duro exilio, como la mayoría de los colegas) que en El Nacional rieron, lloraron, disfrutaron y padecieron tantas cosas y luego las contaban. Esa redacción también era mi redacción. Hay un poco de El Nacional en cada periodista venezolano, y en cada ciudadano de este país.

Las grandes redacciones van desapareciendo para dar paso a modelos más pequeños, más descentralizados; la sociedad aún no sabe lo que pierde (no lo ha contabilizado, pero algún día lo hará) en la medida en que esas grandes redacciones, fortalezas de la lucha por la justicia y por la verdad, usinas de información, se van transformando en modelos menos fuertes, menos estructurados y que en resumidas cuentas, son menos garantes, justamente, de la democracia liberal.

Esperemos que esas risas y esas lágrimas de tantos profesionales dignos sigan estando allí, y renazcan unidas cuando este abominable Frankenstein que se ha apoderado de Venezuela y al que algunos siguen llamando “revolución bolivariana”, en infame ofensa al Libertador de cinco repúblicas americanas, se desvanezca en la noche oscura de los tiempos, lo cual tienen garantizado.

Que estén ahí con El Nacional, con RCTV y otros tantos, para volver a contar una historia plural, con la que, además, podamos estar en desacuerdo, lo cual es fundamental en democracia.


Pedro García Otero 
Fuente: Noticierodigital.com