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De Vargas a La Guaira, por Jesús Peñalver


De Vargas a La Guaira, por Jesús Peñalver



Tantos estados con nombres de militares, con la razón asignada por la historia, y un milico de nuevo cuño y poca monta se antoja de cambiarle el suyo al de Vargas, el gran civilista, honra y ejemplo. La peste y la pea no acaban.

El doctor José María Vargas (La Guaira, 10 de marzo de 1786-Nueva York, 13 de julio de 1854) fue un médico cirujano, científico, catedrático y rector de la Universidad Central de Venezuela. El doctor José María Vargas fue un importante médico, académico y político en la Venezuela del siglo XIX, cuya personalidad reservada y dedicada al servicio le mantiene en la memoria de la nación como el hombre que quiso civilizar la política y humanizar la medicina.


Fue rector de la Universidad de Caracas (actual Universidad Central de Venezuela), Director General de Instrucción Pública del País, Director de la Sociedad Económica de Amigos del País, Senador, miembro del Congreso Constituyente de 1830 y Presidente de la República de Venezuela entre 1835 y 1836, siendo el primer civil en asumir tal responsabilidad.

¿No son acaso estos méritos los suficientes para conservar su nombre en honor y honra a la civilidad, al civismo, a lo cívico? Alguna gloria alcanzaría quien desgobierna la entidad, si brindara adecuadas y mejores condiciones de existencia al tan golpeado estado Vargas, al que se le ha negado –impunemente- recobrar algo de lo que antes fuera.

Si se le cumpliera al menos una mínima parte de lo que le prometió la peste ya veinteañera que aún arruina a Venezuela, y de cuya maldad no escapa el litoral Varguense. Imposible olvidar ahora que aquel desquiciado milico golpista se negó a recibir la ayuda extranjera cuando el estado Vargas padeció los embates de la vaguada.


Han eliminado, suprimido o trasladado el emblemático León de Caracas, y en su puesto han impuesto una estatua de la indígena Apacuana. La orden proviene del alcalde Érika Farías, y la obra se dice que es del artista Giovanny Gardelliano mide siete metros y pesa mil doscientos kilos. No se sabe cuánto costó, pero “Caracas suena” a monedas.

Uno de los temas que había rondado la psiquis de quien escribe es el de los cambios de nombre de disímiles lugares, desde parques y plazas, hasta avenidas, autopistas, urbanizaciones, aún más, de centros de salud donde, en teoría, se presta el servicio de protección a la salud como contenido esencial del derecho a la vida.

De igual modo, la supresión o eliminación de los emblemas, símbolos e iconos que integran la memoria histórica del país. No faltan las decapitaciones, traslados y hasta arrojos a la basura de estatuas, efigies, bustos y similares; en fin, toda clase de monumentos que no satisfaga las ansias del ch… abismo de torcer la historia.

Ha dicho bien el periodista y escritor Diego Arroyo: “Se empeñan en la sustitución de símbolos con el objetivo de alterar la memoria e instaurar un relato artificial. Es tan burdo que cabe preguntarse si es posible que alguien se coma el cuento. Cuando cayó la URSS San Petersburgo dejó de llamarse Leningrado y retomó su nombre”.

Es una manía que se ha convertido en competencia a ver quién cambia más o cuánto más asombro o escándalo causa cambiarle el nombre a alguno de estos sitios, y al propio tiempo, quién recibe más loas del Jefe. Le cambiaron el de Rómulo Betancourt al Parque del Este, el de
Fernando de Peñalver al de Valencia, a la urbanización Doña Menca de Leoni, en Guarenas, pretendían trocarlo por el de 27-F, y así.

En tiempos en que se intenta borrar la historia derribando estatuas; en que se daña murales y se descuidan tantas obras de reconocidos artistas, y otro tanto ocurre con edificaciones públicas, ante la mirada impávida de los encargados de su custodia y preservación; en que se aprueban leyes que parecen dirigidas a un mayor control social; cuando se amenaza a periodistas y a medios de comunicación; en que pensar distinto parece delito; cuando inmisericordemente se le inflige un castigo innecesario a la memoria de tantos héroes y buenos ciudadanos de indiscutibles méritos; en que fueron desalojadas prestigiosas instituciones del Teatro Teresa Carreño, incluso, se desmanteló el museo que guardaba las cosas de nuestra eximia pianista que da nombre al teatro, en estos tiempos vale decir algo.

Menos mal que el coso de Los Caobos aún conserva el nombre de nuestra eximia pianista de fama universal, y con el respeto debido a Alí Primera, el comentado cambio afortunadamente se quedó en rumor.

De un gobernador de mi estado natal, Anzoátegui, nos llamó la atención y así lo dijimos en su momento, que a lugares de salud como los centros de diagnóstico integrales, les haya puesto sólo nombres de guerrilleros: Noel Rodríguez, Chema Saher, Che Guevara, entre otros revoltosos.  Nos hizo recordar a una poeta boliviana cuyo nombre no precisamos, que allá por los años sesenta del pasado siglo deliraba, como el poeta, por los alzados del monte. “Quiero nadar en la mar / del semen de un guerrillero”. El delirio sigue chimbo y raso, porque no se puede andar en eso mismo, habiendo tantos médicos eminentes, tantos ciudadanos esclarecidos, se decida escoger los nombres de guerrilleros para lugares de dar vida, cuando ellos andaban en procura de la muerte.

Nos ha tocado por ejercicio profesional recurrir al trámite legal de Rectificación de Partidas (de Nacimiento, defunción, matrimonio), en casos en que se ha incurrido en error u omisión, cuyos efectos pueden afectar derechos o intereses de particulares. Sobre esto, y muchas veces a manera de guasa, nos han preguntado acerca de si una persona puede cambiarse el nombre, ejemplo, Juan por Jhon, Pedro por Peter, o Bonifacio por Robert. A lo que hemos dicho que no es así de fácil, que debe demostrarse mediante
procedimiento judicial, el error u omisión que implica afectación de derechos.

Y viene al caso, pues así como ocurre con las personas, mutatis mutandis, con relación al cambio de nombre de los lugares que han quedado dichos, debe tenerse mucho cuidado, sindéresis, tino político y sobre todo, respeto por la historia, por la memoria colectiva, por el sentido de arraigo y de reconocimiento de las comunidades y su entorno.

También tenemos el derecho humano a ser recordados, a ocupar algún lugar  aunque recóndito- en la memoria de alguien y no sufrir el abandono y que nos echen donde habita el olvido. Aracataca, donde nació García Márquez, se negó a dejarse cambiar el nombre, referéndum mediante, para pasar a llamarse Macondo. Fíjense, amables lectores, hasta para lo que sirve la consulta popular. Y Guarenas, aquí mismo, asomó en su momento su descontento por la intención de arrebatarle el nombre a una de sus más populosas urbanizaciones.

También en Vargas pudiera organizarse una consulta popular a ver cómo le va a la pretensión que adelanta el militar que allí desgobierna. Tratar alegremente el tema, olvidando que las personas pasan y las instituciones quedan, es a todas luces un acto de cicatería, una necedad.



Jesus Peñalver
Fuente: Lapatilla.com