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De mariachi a escolta, enfermeros venezolanos se reinventan para sobrevivir



De mariachi a escolta, enfermeros venezolanos se reinventan para sobrevivir
Foto: AFP


De mariachis, escoltas y hasta como vendedores de dulces, los trabajadores del sector salud ganan más del salario mínimo mensual


Los enfermeros venezolanos se rebuscan para hacer frente a la crisis que azota al país. En el oxidado armario de un hospital público de Caracas, Édgar Fernández mantiene un traje de mariachi que viste al menos una vez por semana. Con un sueldo casi insignificante como enfermero, las serenatas son su salvación.

Un show duplica su salario mensual, equivalente a 10 dólares, pero las presentaciones del «Charro solitario» han reducido por la crisis, que obliga a los enfermeros a rebuscarse como fabricantes de gominas, reposteros y hasta escoltas.

«El salario como enfermero no sirve, trabajo de siete a siete, pero no puedo comprar nada», dijo a la AFP Édgar, que actúa en grupo o como solista con pistas grabadas.

Cuando el show se cruza con la jornada hospitalaria, debe pagarle a un colega para que lo cubra y la ganancia, no siempre en dinero, merma.

El salario mínimo está en el piso: solo 2 dólares mensuales
«A veces me pagan (…) con harina, lentejas… prefiero esto a irme con las manos vacías», confía este camillero de 40 años, que sin poder pagar un alquiler vive prácticamente en el hospital Pérez Carreño, donde tiene por cama un sucio colchón.

Con su atuendo de chapas plateadas, canta en tabernas o casas, a veces contratado por antiguos pacientes. Con sacrificio, grabó un CD con el que toca puertas en emisoras en busca del golpe de suerte que lo lance a la fama.

En un bar semivacío donde sirven cochino frito, a las afueras de Caracas, Édgar interpreta a todo pulmón una pieza de su ídolo, Vicente Fernández. Los pocos clientes tararean y le piden más canciones.


Gel casero

Para batallar con una inflación que el FMI indicó que llegará a 1.000.000% este año, Francis Guillén fabrica fijador para el cabello que vende en el mercado de Catia.

«Si no tuviera otro oficio, no sé qué sería de mí», aseguró esta enfermera de 30 años, que vendiendo gel gana en un día lo que percibe en un mes.

En ocasiones, su papá, también enfermero, la ayuda a mezclar los químicos en un balde en la sala de la casa. Su esposo, que renunció como bombero, apoya el emprendimiento.

Ha pospuesto su renuncia, dijo,  por la vocación de servir, aunque está tentada a emigrar como lo han hecho 3,3 millones de venezolanos desde 2016, según la ONU.

Desde junio de 2018, unos 15.000 colegas, 40% del total, renunciaron, y muchos emigraron, señaló Ana Rosario Contreras, presidenta del Colegio de Enfermeras de Caracas. La enfermera pide sueldos en dólares para frenar la estampida.


Enfermo y escolta

De día es escolta en una metalúrgica. También hace mudanzas, trabaja como mensajero o albañil: corpulento, Carlos Ruiz, de 42 años, afirma que hace lo que sea para sobrevivir. Pero aun sacrificándose no ha podido cambiar su uniforme de enfermero desde hace cuatro años. Necesitaría 10 meses de sueldo.

Además, lidia con la falta de insumos hospitalarios, de 80% en algunos rubros y que el régimen de Nicolás Maduro atribuye a una guerra económica de Estados Unidos y la oposición.

«No falta quién nos acuse de robarnos medicamentos», lamenta Carlos, un enamorado del oficio que le permitió presenciar el nacimiento de sus cuatro hijos. En algunos hospitales, un solo profesional debe cuidar a 40 pacientes, cuentan enfermeros venezolanos, que denuncian, además, persecución laboral.


Un toque dulce

Con un salario simbólico, Camilo Torres vende tortas y helados en su casa en el estado Bolívar. Camina dos horas hasta el hospital por falta de transporte. Fotos en Facebook atestiguan su precariedad: hace tres años pesaba 120 kilos, ahora 65.

«Estoy flaco y es por hambre», afirmó este padre de tres niños, con los zapatos rotos. Una vecina lo ayudó a coserlos, pues un par nuevo triplica su sueldo.

El bono de dotación no le alcanzó ni para las medias y su uniforme luce amarillo, pues comprar detergente es un lujo. Pero se niega a claudicar: «mi vocación es salvar vidas. Si el hospital queda solo, estoy seguro que si hoy son 10 muertos mañana van a ser 50, y ese dolor no me lo voy a quitar nunca».

Una mística que también inspira a Édgar, quien le canta a sus pacientes: «alegro la noche», afirmó. Pero si la situación no cambia renunciará y posiblemente emigre para ganarse la vida como enfermero o mariachi.



Por AFP -
Fuente: elnacional.com